Cuando cumplimos un año en El Palacio de las Nubes, nuestro balcón estaba cubierto de bellas plantas. Verde por doquier. Y quisimos alguna planta que fuera de otro color. Analizamos, buscamos, preguntamos, pero ninguna terminaba por convencernos del todo.
Un día pasamos por un vivero y lo vimos: alto y de un intenso rojo, un árbolito de hojas estrelladas era la materialización de nuestro deseo. Le preguntamos a la vendedora cómo se llamaba. Dijo que no sabía porque ella sólo ayudaba en el vivero, el idóneo no estaba.
Así, fue nombrado "Tácito".
Lo subimos al auto. Cuando llegamos a casa, de Tácito sólo quedaban las ramas peladas, y el auto quedó tapizado de hojitas. Bueno...había que esperar al próximo otoño.
El año siguiente lo vimos en su fortalecido verano verde, y su dorado otoño. Y cuando comenzaba a colorear, una tormenta le sacó todas todas las hojas, otra vez. Nos resignamos nuevamente a una larga espera con gesto disgustado, a qué negarlo...
Y vino otra primavera llena de yemas, otro verano verdecísimo y... el gran momento. Un día, una hoja se puso roja, y yo corrí a sacarle una foto, cual madre primeriza.
Finalmente sucedió la magia. Llegamos a mayo sin vientos huracanados, y ahora sí, veíamos a nuestro bellísimo Tácito, vestido en su traje de máximo esplendor. La ocasión merecía trípode, muchas tomas y edición para generar una foto HDR.
¡¡¡Señoras y Señores, con ustedes, TÁCITO!!!!
(click en la foto para agrandar, no, no me envidien!)